Le diré de mí mismo que soy un hijo de mi tiempo, un hijo de la increencia y de la duda, lo he sido hasta ahora e incluso (lo sé) lo seré hasta que me muera. Cuántas penas me ha costado ya mi sed de fe y cuántas me cuesta todavía. Una fe que se vuelve más fuerte en mi alma cuantos más argumentos contra ella encuentro.

Fiodor Dostoievsky

12 marzo, 2010

LOS MAESTROS MUEREN

Es extraño cuando tenemos entre nosotros a uno de los escritores más excelsos y la ceguera nos impide reconocerlo a veces como se merece. Esta sociedad ya no se preocupa de los despojos que han encerrado, en muchas ocasiones, las mejores musas que han tenido el privilegio de alumbrar al artista.

Ese artista que ha luchado en su generación choca de frente con otra generación venidera que haría mal en intentar romper con todo sin basarse en la tradición pues, si quiere inmortalidad, deberá ceder ante una nueva generación que podría acercarlo al olvido; ese olvido que siempre detesta el ego del escritor.

Siempre recordaré a Pedro, al Nini, al Mochuelo o al Moñigo como personajes imberbes que destilaban todo el saber que pergeñaba en ellos su hacedor. Hoy ha muerto un maestro, hoy ha muerto Miguel Delibes.

6 comentarios:

  1. En mi no ha muerto ni morirá este maestro pero la indiferencia puede relegarlos al olvido que en mi, no se producirá. Un saludo Necronomicón.

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  2. Delibes es el culpable de que, en cierta manera, respete la caza.
    Además de un maestro, ha muerto un hombre, creo qué "intrinsecamente bueno".

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  3. Me quedo con el Hereje. Resumen de tantas cosas.

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  4. Destripar a un pueblo de posguerra, ponerlo a secar como los pulpos del Bar Felipe y hacerlo, además, con las palabras exactas. Terrones y terrones de palabras exactas. Como ha dicho Pérez Reverte, nos queda Marsé como representante de una generación espléndida de escritores de verdad. Después el vértigo.

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  5. "Pero a Daniel, el Mochuelo, le bullían muchas dudas en la cabeza a este respecto. Él creía saber cuanto puede saber un hombre. Leía de corrido, escribía para entenderse y conocía y sabía aplicar las cuatro reglas. Bien mirado, pocas cosas más cabían en un cerebro normalmente desarrollado. No obstante, en la ciudad, los estudios de Bachillerato constaban, según decían, de siete años y, después los estudios superiores, en la Universidad, de otros tantos años, por lo menos. ¿Podría existir algo en el mundo cuyo conocimiento exigiera catorce años de esfuerzo, tres más de los que ahora contaba Daniel? Seguramente, en la ciudad se pierde mucho el tiempo -pensaba el Mochuelo- y, a fin de cuentas, habrá quién, al cabo de catorce años de estudio no acierte a distinguir un rendajo de un jilguero o una boñiga de un cagajón. La vida era así de rara, absurda y caprichosa. "


    El mejor homenaje es hacerle revivir en sus propias líneas.

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Un comentario puede hacer que este pobre mujik tome aire y se decida a escribir de nuevo ante el inusitado clamor popular.