Los mostradores aguantan ahítos las reclamaciones que no pueden engullir mientras la gente chilla desesperada a azafatas agazapadas con caras displicentes que juran y perjuran que el volcán ha estallado cuando menos debería y no pueden arriesgarse a que los aviones caigan henchidos de pasajeros violentos con ganas de llegar de una puta vez al destino del que no debieron salir.
La naturaleza es así de especial y su improvisada ceniza humeante corta las alas de las compañías aéreas en pos de dignificar una hostia verde, directa a las Bolsas de medio mundo. ¡Jodeos!, parece exclamar la lava rojiza, metáfora del color de los números que manejan estas compañías, ahora os toca a vosotros sufrir la larga espera, las colas y los retrasos. Un volcán se ha cargado el espacio aéreo internacional con un simple gesto, se ha desatado la hybris contra aquellos que parten el bacalao pero no lo prueban.
Es la naturaleza un todo que siempre llamó mi atención, sentado frente al televisor, antes de partir a regañadientes a las clases particulares en casa de Mari Carmen, observaba embobado aquellos documentales de la 2 que todo el mundo dice ver alguna vez en su vida, sólo que en mi caso resultaron ser un fuerte estímulo para escapar de la mediocridad en la que yo mismico me subsumí. La vuelta vespertina de mis padres al trabajo, tras una rápida comida y siesta obligada, me embargaba de soledad remota en aquel piso alquilado el tiempo necesario para que mi verdadero hogar fuera arreglado según los patrones mentales de mi madre. Aquellos documentales me acompañaban en mis quehaceres obligatorios, todavía recuerdo aquella camisa azul remetida por aquellos pantalones beige indiferente del, para mi, místico David Attenborough, su presencia llenaba mi existencia ligada a los deberes y bocadillos de Nocilla. Sus corredurías me fascinaron y marcaron pues no podía existir nadie tan aséptico y, a la vez, tan magnético; su forma de describir y enseñar rituales de bichos absorbía mis horas como ahora lo hace el trillado de Bear Grylls.
De los cuatro o cinco documentales que me solía tragar, uno, por regla general, solía ubicarse en el inhóspito Serengueti, territorio de aquellos seres espigados, de pieles parduzcas y bailes saltarines que son los Masai Mara. Fue en territorio masai donde más me gustaba pasar mi vida por la tarde, rodeado de esos felinos con ínfulas de velocistas que son los guepardos. Recuerdo como descubrí la tristeza al observar al mundo animal, a dos hermanos guepardos llamados Shankao y Liaram; dos hermanos de sangre uncidos a la trágica vida que uno puede esperar viviendo entre leones, la existencia de uno presuponía la del otro. Lloré, juro que lloré, al ver morir a uno de los dos, no recuerdo cuál de los dos felinos tuvo la desgracia de sentirse solo ante la muerte del otro, sosteniéndose famélico y lleno de pena reflejada en unos ojos valientes pero ya cansados.
Es la naturaleza sabia y nos sabe poner a cada uno en nuestro sitio adecuado para esperar, pacientes, la hora de la funesta parca; nunca volveré a ver correr por la sabana a ninguno de esos dos felinos que tantos sentimientos me despertaron aunque tampoco pensé nunca ver correr, oponiéndose férreamente a los dictados naturales, a semejante ser:

