No se refería el criticado escritor a la literatura en sí, su preocupación ahondaba en el hecho de la posible pérdida importante de datos anotados en algo tan liviano y delicuescente como un simple papel. Quizá esto haya perdido toda su vigencia ante la masiva ingesta virtual por parte de nuestros discos duros de todo aquello que hacemos a diario aunque algo de eso queda, quizá no tanto como para que el mundo se desmorone ante el cierre de la última fábrica de papel pero si quizá ante la tala del último árbol del planeta, insignificantes reciclajes aparte.
El fuego ha destruido muchos de nuestro legados, desde los más egregios hasta los más nefandos y precisamente leía hace poco sobre la biblioteca que sustentaba Hitler. En ella se podía encontrar de todo un poco pero en ingentes cantidades de volúmenes, libros dispares que encerraban desde batallas napoleónicas hasta novela negra pasando por tomos filosóficos. Quizá detrás de toda esta montaña de libros se escondía la timidez de aquel hombre que sabía todas sus taras; todas sus aberrantes decisiones pueden sacarse en claro a través de una mirada a su biblioteca e incluso la suerte que corrieron aquellos libros que encerró en el búnker junto a Eva Braun pueden decir mucho de este personaje.
Aquellos libros quedaron marcados por una pátina de odio; aquellos libros han sido víctimas lisiadas por el pasado que encierran pero quizá, sólo quizá, esos libros alentaron la masacre, indujeron esa sádica dentellada a la humanidad que se sostiene sobre el papel.
Pensando en esto y echándome un vistazo pensé en aquella frase que me gusta soltar de vez en cuando de que "se es lo que se lee" y sin embargo, tras surtir las bibliotecas que nos son nuestras por derecho, o sea, las que tenemos en la habitación, al lado del televisor o incluso aquellos libros de los que echamos mano a la hora de cagar, me di cuenta de que quizá estaba equivocado y lo que hasta ahora había hecho es "leer lo que soy".

