Le diré de mí mismo que soy un hijo de mi tiempo, un hijo de la increencia y de la duda, lo he sido hasta ahora e incluso (lo sé) lo seré hasta que me muera. Cuántas penas me ha costado ya mi sed de fe y cuántas me cuesta todavía. Una fe que se vuelve más fuerte en mi alma cuantos más argumentos contra ella encuentro.

Fiodor Dostoievsky

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22 noviembre, 2011

MEDIO OCRES

¿De qué tengo miedo? ¿No quedamos en que somos disipación? 
Tengo miedo a la disipación y no tengo miedo a la famosa Prima ésa que subyuga, esa prima peligrosa que es peor que Damocles y su espada, una prima que la llaman de riesgo cuando debieran no llamarla. Esta Europa no la conozco, esta Europa que se ha tornado (poco a poco y sin pausa) en un infierno gris y despersonalizado, un paraíso de la técnica, un paraíso para la nada, una laguna estigia en la que flota una barca con un banquero; ya no puedo viajar y morir en paz porque ahora me piden tres óbolos y yo, no sólo no tengo dos sino que debo seis. En la orilla veo lo lejos que queda Siberia, aquel infierno emancipatorio, esclarecedor, un ergástulo personal alejado de la historia con mayúsculas. El descanso es menos descanso en el Aqueronte.

Y ahora oteamos y ya observamos a aquellos que quieren salvarnos mediante la orden y el fanatismo, alejándose de toda característica de humanidad, de cercanía, de leña crepitando en la hoguera; alejándose del amor y alejándose de lo diario.

Y ha historia, dicen, que manifiesta su esencia a quien antes ha excluido, a quien ha visto el infierno en la mediocridad de la normalidad, en el término medio. En la vida. En la muerte.

Qué tiempos nos esperan. Es hora de ir volviendo.

02 enero, 2011

MUERTE BANAL

Estoy preocupado. Me he convertido en un superhéroe.

Anoche me di la vuelta en la cama y arrastré la mano hasta la altura de mi barriga al sentir que el colchón, terso otrora, acusaba una depresión en su mitad. Un puto muelle pensé. Me equivoqué.

Aparté mi cuerpo y palpé cuidadosamente la zona para comprobar que donde yo esperaba (ingenuo de mí) hallar muelles dislocados, hallé mi muerte como ser humano nada excepcional. Un agujero se abría paso de entre los abismos de la viscoelástica, una profunda hendidura por la que podía meter todo mi puño (imagen un tanto erótica si se piensa), una abertura por la que me dejé mi banal humanidad e ingresé en el conspicuo grupo de personas de ésas a las que les dicen chorradas de mucho calado como que un gran poder conlleva una gran responsabilidad o memeces del tipo.

Mi polla, aunque ya no sé si debería de decir mía porque por lo visto no necesita posesivos... bueno, el caso es que ese sexo que cuelga por entre mis piernas (no en los días de frío, que ahí, hasta el puto Iceman nada tiene que hacer y se sonroja) se convierte en algo extraordinariamente duro y es capaz de hacer que el señor Pikolín se sienta avergonzado ante su lema de símbolo del descanso.



No sé qué hacer ya que no me gustaría dormir en un colchón gruyere durante toda la inmortalidad que adecenta mi entrepierna; quizá pida consejo a otros superhéroes. Voy a buscarlos que en este nuevo año han de aflorar algunos.

24 marzo, 2010

VENDEMOTOS


Supongo que esta entrada (a las rodillas) puede reflejar uno de vuestros pensamientos cuando veis en un centro comercial, papelería, juguetería, sex shops (espero que no) o sucedáneos a gente que ha vendido hasta a su señor padre.

Había una vez un programa que nació titubeante, ocupando un lugar imperceptible en la temida parrilla televisiva, el monstruo del share vigilaba en lontananza hasta que, poco a poco, aquel programa fue creciendo de tamaño, un tamaño tan descomunal como uno de los huevos de Paul Banyan
El susodicho programa no era bienencarado, todo lo contrario, su tez era cetrina y su poca gracia hacía a la gente reír por no cagar; pero resulta que cruzando el charco en el que estaba metido, topóse con dos estrábicas hormigas que le acompañaron en sus andanzas, dotándole de gracia caduca.
Además de estas simpáticas hormigas, fue reclutando a los más variados engendros televisivos para su propio lucimiento: un extraño científico disléxico, un men in black en paro y a un calvo sin gracia pero mago. Este elenco, esta pléyade, era de órdago pero decidieron hacerse fuertes contratando rutilantes estrellas del firmamento de los euros al contado.

- ¡Guau! ¡Qué famosos somos! ¡Queremos perras!
(Aún retumba el eco de aquellos comentarios en los sets lóbregos de Cuatro).

El programa, listo como él solo, ávido de "pavos" de a 500, decidió que todo debía dar un pequeño gran giro. Si todos sus componentes eran estrellas (con fuerte jerarquía, como no), iconos en los que fijarse, por qué no vender hasta los derechos de una mierda gestada en vete tú a saber que water closed. Todo lo visto se puso a la venta y los pingües beneficios vinieron raudos al programa de marras.

Viendo el éxito alcanzado se propusieron, por qué no, ir más allá de las fronteras que les oprimían vendiendo su formato. 
- ¡Hurra!

Las hormigas, jóvenes y re-verdes, chuparon de la teta hasta desgajarse, que no separarse, para intentar acertar los acordes de las canciones facilonas (otrora impolutas y santas, cantadas sólo por amigos en simpáticas borracheras) de dibujos ochenteros. Escaso arte, demasiada repercusión.
Aún siguen chupando de la teta y gracias a su fama también chupan otras tetas.

Moraleja
No sé si esto se merece una coda porque, quizá, yo haría lo mismo (¡quiero los euros frescos que os sacan vuestros hijos!) pero, digo yo: ¿le llevará tanto éxito al hastío a alguien?

- Vete a dormir ya, hombre, por favor. O a zurrir mierdas con un látigo.



03 abril, 2009

CINCO CONTRA UNO

Me aparto porque viene decididamente a por mí. Me hundo en el verde légamo. La luz me vuelve a inquietar, mi trémula carne me pide calor a gritos. Ella se ha ido, me ha dejado inane, pacato ante las aguas ocres que acechan mi enjuto cuerpo. Algo me aprieta en el vientre, he de saciar el impulso. Quiero subir hasta allí arriba pero me cuelo entre los estratos de esta tierra fangosa. Subrepticiamente mi boca de limo llama inconstante. ¡Suelta, suelta! Las incombustibles gotas que caen, que suenan y no pararán nunca, nunca, nunca. Amenazante clepsidra alborotadora, famélica de tiempo. Ruido. Estruendo cercano… despierto.
No logro columbrar el techo de la habitación, ese techo lleno de estrellas pegadas macabramente para alguien harto de oscuridad. Estoy completamente bañado en un frío sudor (tendría que deshacerme de esta sofocante manta), las sábanas han logrado ahogarme dulcemente.


Logro mirar el impasible reloj, no puede ser, otra vez. No logro llegar e entender qué me hace despertar durante muchas noches a la misma hora, en medio de la madrugada. Ni siquiera una desértica sed aunque mi lengua abogue por un buen trago después de una noche de absenta.
Cada vez me cuesta más enrostrarme con el infausto reloj que me recuerda y me ajetrea, me subyuga y despierta. ¿Por qué he de dejar mi falsa muerte?
La oscuridad es casi total pero aún no es perentoria, me encuentro ufano entre indescriptibles sensaciones de penumbra y desconocimiento. No creo que alguien logre observarme recostado, sudoroso, expectante ante la incertidumbre de no poder palpar más allá de la tenue luz que emana de mi inseparable compañero. Ahí está, hierático, encima de una vieja mesilla, roída por el tiempo que no la ha perdonado.


No quiero encontrar la luz, no quiero separarme del pegajoso y untuoso calor que me acuna, la verdad es que estaría bien volverme a dormir.
Malditas estrellas que martillean mi vaga vista, ¡malditas sean! Una a una forman un borroso cosmos ante mis miopes ojos, un cosmos en mi negro techo, un cosmos colocado quién sabe cuándo y quién sabe por qué.
Mis pies disienten de mi cuerpo, están gélidos, mejor sería no acercarlos a ninguna parte de mi ardiente físico. Es extraña la sensación de sentirse vivo, ardiente, casi magmático, y a la vez gélido, helado por un marmóreo frío desazonante en mitad de una insomne noche.
Qué malévolo azar del destino me hace surgir de mi oneroso estado onírico para catapultarme a un desasosegante estado de vigilia. Todas las noches vuelve a molestarme, no podré seguir así mucho tiempo. Creo que estaría bien volverme a dormir.


Pero creo que ahora tengo miedo a lo que me rodea (estoy harto de vagar por esta misma habitación todas las tardes cuando me dedico a mis lecturas). No sé, creo que tengo miedo y quiero no mirar, no tener ojos. El frío ha conseguido usufructuar con mi antes fogoso cuerpo. Me castañetean los dientes, sólo esto malogra la quietud del silencio, no quiero tener dientes (ah, mi querida Berenice). Las sábanas me envuelven por completo en esta inmensa soledad amparada por mi pequeña y desdibujada galaxia y por este maldito reloj expectante, guardián que no deja de mirarme cual Argos con sus mil ojos. Me atrevo a sacar la temblorosa mano de entre la pesada manta envolvente, quiero que no me observe desde lo alto de esa maltrecha mesilla, excrutador, marcando el imparable suceder del tiempo. No puedo… Creo que estaría bien dormirse.


Estoy verdaderamente aterrorizado, la consuetidunaria familiaridad de las cosas que creo que me rodean no me apaciguan, no se si están ahí y si lo están,creo que se ciernen amenazantes, alejándome de mi ahora candoroso estado onírico. Estoy verdaderamente compungido de la escalofriante fría noche que me turba. Me ahogo entre las sábanas, me hundo, debo salir, enrostrar la arcana oscuridad. Pero me falta valor, no sé, me falta valor y creo que estaría bien dormirse ahora, ya.


Creí haber dormido durante centurias, logré abrir los ojos y colegir la misma ofuscación, el mismo desamparo y por supuesto, allí en el intangible techo, las mismas luces apagadas y el impávido reloj a mi siniestra.
Mi inerme cuerpo volvía a estar empapado, sudoroso. Ya no tenía miedo, mi pánico había desaparecido, sin embargo no quería extender ambas manos y palpar la envolvente negrura rota por dos tristes haces. No quería, no me atrevía y no tenía un justificado temor.


Tenía la impresión de necesitar un reparador sueño que me hiciera olvidar estas eternas noches desasosegantes, creo que necesitaba dormir, no estaría mal caer en los brazos de la expectante noche. No estaría mal dormir un buen rato.
Pero ese tenue y a la vez pulcro haz de luz, de maldita luz… Quiero ser lo suficientemente osado para poder sacar, a tientas, mi mano, mi trémula mano, y poder derrocar aquel impertérrito descontador de vida de su conspicuo bastión que me atenaza y parece solazarse de mi ya perdida gallardía. Aunque no tengo miedo sé que no me voy a atrever.


Alboroto, un deseo. Un fulgor, un anhelo. Compañía, utopía.
Silencio, espesa negrura, inquieta soledad. No debo dejarme seducir por estas tres instigadoras realidades que me abruman, que me rodean.
Mi mano disiente de mi atenazado cuerpo, lenta en la sombra, siguiendo el iluminado camino… cinco contra uno es mayoría.


Me aparto porque viene decididamente a por mí. Me hundo en el verde légamo…

29 junio, 2007

Y digo yo:




¿Era Deckard realmente un replicante?